¿A quién le importa el envejecimiento de la población? Una visión regional para una respuesta local

¿A quién le importa el envejecimiento de la población? Una visión regional para una respuesta local

Por Diego Bernardini


 
Doctor en Medicina por la Universidad de Salamanca. Director Ejecutivo de Mayores.org – www.diegobernardini.com


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El envejecimiento de la población tendrá un fuerte impacto en la sustentabilidad fiscal así como en la estabilidad política de un país, afectando la vida y el desarrollo de la sociedad moderna. Es hora de asumir y considerar como un desafío la planificación e implementación de las políticas públicas correspondientes para los próximos 30 años.

El mundo está envejeciendo. Lo hacen las personas y también las poblaciones. Personas longevas ha habido siempre a lo largo de la historia, la diferencia hoy radica en la cantidad creciente de personas que llegan a edades avanzadas. Hoy, por primera vez en la historia, las personas mayores de 65 años son más que los niños menores de 5 años. Podemos afirmar, casi con total certeza, que es el único momento en la historia en que conviven cuatro generaciones de la misma familia, y esto debería ser motivo de celebración. Por lo tanto, el envejecimiento de las personas debe ser visto como un triunfo en el desarrollo de la humanidad y una oportunidad para las sociedades.

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El fenómeno del envejecimiento en la población se origina fundamentalmente por dos fenómenos: el aumento de esperanza de vida y la caída en las tasas de fertilidad. La expectativa de vida se está incrementando prácticamente en todos los países del mundo pero especialmente en aquellos en vías de desarrollo como es la Argentina y la región a la que pertenece: América latina. Sin embargo, cuando se habla del fenómeno del envejecimiento se lo suele relacionar con los desafíos, oportunidades y riesgos que entraña para las personas, pero también y en especial para los gobiernos y las políticas públicas. Por lo tanto, cuando uno se pregunta ¿a quién le importa el envejecimiento?, la respuesta puede resultar más compleja de lo esperado. Poder observar, analizar y actuar considerando estas tendencias como un entramado que afecta y afectará el curso de vida de las personas y así el desarrollo de la sociedad, ayudará a un mejor entendimiento de un fenómeno que escapa a un considerando sanitario y/o social y que debe ser visto bajo el paradigma del desarrollo, la inclusión y la equidad.

El envejecimiento se impuso como parte en la agenda mundial. Sirva como parte de ello que en 2012 la Organización Mundial de la Salud declaró el “Día Mundial de la Salud” dedicado al “Envejecimiento saludable”; ese mismo año la Unión Europea declara “Año Europeo de la Solidaridad Intergeneracional”. Mientras tanto, según las Naciones Unidas, se calcula que en 2012 el 10% de la población de América latina era mayor de 60 años; estimando este organismo las proyecciones para 2025 en más de 100 millones a las personas mayores a esa edad. En la Argentina, según el censo de 2010, el 10,2% es adulto mayor, concentrándose el mayor porcentaje en la ciudad de Buenos Aires, con un 16,4%; además, se calcula que hay 3.500 personas mayores de 100 años.

Como mencionamos anteriormente, la expectativa de vida es la principal variable del envejecimiento. En nuestro país la expectativa de vida es de 75 años aproximadamente, mientras que en la región es de 73 años. El porcentaje de mayores de 60 años, edad que Naciones Unidas toma como referencia para medir adultos mayores, es del 15% en nuestro país –concentrándose el mayor porcentaje en la ciudad de Buenos Aires con un 16,4%– y siendo el más alto de la región (11%) sólo superado por nuestro vecino Uruguay con 19 por ciento.

Dentro de estos porcentajes es relevante señalar al grupo de las personas mayores de 80 años que alcanza hoy, en nuestro país, cerca del 2,7% de la población, y que será uno de los grupos de mayor crecimiento, estimándose que en 2030 sean, según la CEPAL, el 3,5% del total de la población. De esta manera, el número de personas mayores de 60 años que se espera para 2030 en nuestro país está en torno a 8,5 millones aproximadamente. El país vive una etapa avanzada de la transición demográfica. Un par de cifras más para dar mayor comprensión a este fenómeno de cambio demográfico. De los mayores de 60 años, el 45% vive de manera independiente, el 50% de las mujeres mayores de 60 años están casadas, y de los hombres, el 80 por ciento.

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El envejecimiento para las personas de manera individual encierra desafíos y consecuencias. Sin embargo, el envejecimiento es mejor comprendido si se mira el pasado. Por ello, considerar la noción y perspectiva de “curso de vida” es fundamental en este sentido, ya que las condiciones socioeconómicas a lo largo de la vida determinan los riesgos de salud y enfermedad en la edad adulta. Esto significa que la exposición a factores nocivos para la salud, así como las posibilidades de fortalecerla y/o protegerse están condicionadas socialmente, debido a que las circunstancias en las cuales las personas nacen, crecen, trabajan y envejecen están condicionadas por factores sociales, políticos y económicos, de manera tal que el envejecimiento ha dejado de ser un tema sanitario o social para convertirse en un tema, área de estudio o espacio vinculado al desarrollo de la sociedad.

Cuando se trata de caracterizar al envejecimiento se suele decir que es “femenino”, “solitario” y “pobre” y mucho de cierto hay en ello. La mujer suele vivir más que el hombre y esto es lo que hace que el perfil demográfico de la población y por tanto en la sociedad, sea diferente a medida que pasan los años. Gran parte de la explicación a esto se haya no sólo en su mayor expectativa de vida, sino que históricamente la mujer ha estado a cargo de la mayor cuota de trabajo no remunerado, lo cual en la etapa de vejez tiene serias implicancias para su autonomía. Estas obligaciones del hogar disminuyen la posibilidad de participar en el mercado laboral, lo cual limita los recursos financieros pero también, muchas veces, el acceso a recursos de la protección social.

Para muchas personas la etapa del envejecimiento está marcada fundamentalmente por el momento del retiro laboral “formal”. La jubilación se impone como una medida administrativa que no sólo entraña la salida del mercado laboral, sino también una adaptación a una nueva condición económica que se trasladará al resto de su vida diaria. La población económicamente activa tiene diferentes vías de ingreso económico: el trabajo formal, la actividad informal, el capital, la pensión o las transferencias. A medida que la persona envejece el ingreso por labor formal se reduce. ¿Cómo se reemplaza en América latina y en nuestro país este ingreso? Por medio de las pensiones. Países como el nuestro, Brasil, Uruguay, Bolivia, Chile o Costa Rica tienen una larga tradición en sistemas de pensiones con coberturas que alcanzan entre el 50% y más del 70% de la población. Sin embargo, la desigualdad existente en la región también se manifiesta a través de la baja cobertura que se observa en Honduras, Paraguay o Colombia, donde, según datos del Banco Mundial, apenas sobrepasa el 10%; y esto se debe a que la fortaleza de un sistema de pensiones contributivas y no contributivas se expresa en la incidencia de la pobreza en los mayores, de allí su significancia. En aquellos países donde el sistema de protección social es fuerte, la pobreza entre adultos mayores es menor. En cambio y como compensación a sistemas frágiles, las transferencias privadas en forma de remesas se convierten en el principal método de sustento o ayuda familiar en países como los de América Central.

Lo mencionamos y lo remarcamos, la participación en el mercado laboral de los mayores es una variable a considerar. En la Argentina, de los mayores de 60 años de ambos sexos, el 66% aproximadamente trabaja, pero es importante señalar que entre aquellos que reciben pensión la participación es de apenas el 10%, mientras que en aquellos que no la reciben esta participación alcanza más del 40%. Las motivaciones de los adultos mayores por tener una labor retributiva son variadas. En la población de adultos mayores de Estados Unidos el principal motivo de la generación baby boomer –nacida entre 1946 y 1964– es la preocupación de no estar preparados financieramente para el retiro. Según McKinsey, el 85% de ellos se ve trabajando más allá del límite de edad. Claramente, el retiro del mercado laboral que entraña el envejecer se plantea como un momento de urgencia no solo en cómo ahorrar sino en cómo sobrellevar una nueva etapa de la vida donde el ingreso económico disminuye de manera considerable y los roles sociales se desvanecen.

De esta manera, a quienes primero les importa el fenómeno del envejecimiento es a las propias personas, a los individuos, a nosotros mismos. El “concepto” de envejecimiento para una persona es personal, individual y está modulado por las experiencias del propio curso de vida; de manera tal que podemos sintetizar en tres puntos principales el origen personal de esa preocupación: a) la seguridad por un ingreso económico; b) el acceso a servicios de salud; c) entornos propicios para el desarrollo de su vida diaria.

Para los gobiernos y hacedores de políticas públicas el desafío no será menor. Existe evidencia robusta sobre la necesidad de cambio en varias de las estructuras, sistemas o instituciones vinculadas a la protección social. El aumento en el costo de las pensiones podría acarrear déficit fiscal, de manera que el equilibrio en la provisión de servicios será crítico. Siguiendo nuevamente a McKinsey, tomamos como ejemplo el caso de los Estados Unidos, donde el retiro que ya ha comenzado de la generación de los baby boomers, motores de la economía norteamericana por un cuarto de siglo, podría implicar un impacto de hasta el 0,8% de su PBI.

Este reordenamiento al que se verá obligada la agenda social no estará exento de tensiones sociales, pudiendo disparar conflictos intergeneracionales; por otro lado, sociedades más “envejecidas” son reacias a cambios y por lo tanto tienden a comportarse de manera más conservadora en tiempos de decisión política. El envejecimiento de la población tendrá muy posiblemente impacto en la sustentabilidad fiscal así como en la estabilidad política de un país, lo cual involucrará cambios en la política pública con transformaciones culturales y sociales sobre cómo viviremos en relación con esta nueva dinámica de las relaciones humanas.

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A modo de conclusión. Una de las posibilidades de vivir una “vida global” es la posibilidad de tener mucha más información que en el pasado. Parte de esa información es conocimiento y por lo tanto sirve para la toma de decisión. Desde una aproximación amplia, si se debieran enumerar las tendencias que definirán el escenario de la salud pública, y con ello gran parte de la protección social del futuro, estas serían: el proceso de envejecimiento poblacional, la prevalencia de enfermedades crónicas no transmisibles y con ello la necesidad de cuidados de larga duración, las migraciones, el fenómeno del cambio climático (especialmente los episodios climáticos extremos) y el proceso de urbanización no planificada que recrea y acentúa desigualdades. Este es el escenario que condicionará el futuro de la protección social para las próximas generaciones. América latina es la región más urbanizada del mundo con cerca del 80% de su población viviendo en núcleos urbanos. La Argentina supera este promedio con el 93% de su población en ciudades, según Naciones Unidas. Este dato es relevante. Como se mencionó, vivimos en una época donde las personas mayores de 60 años son más que la franja entre 1 y 14 años, pero además y por primera vez, hay más personas en el mundo viviendo en las ciudades que en el campo. El mayor porcentaje de adultos mayores es ligeramente mayor en el medio rural que en la ciudad, pero la ciudad es un escenario a considerar ya que en ella se reproducen los escenarios de mayor desigualdad social, especialmente cuando las proyecciones dicen que para el año 2025, de las 30 ciudades más populosas del mundo, 9 estarán en América latina.

El proceso de envejecimiento poblacional que se está dando no tiene precedentes y afectará la vida y el desarrollo de la sociedad moderna. Se debe asumir y considerar como un desafío de alta incumbencia social y determinantes consecuencias económicas que nos afectará en la forma de pensar, planificar e implementar las políticas públicas de los próximos 30 años cuanto menos. En ello, la solidaridad de la sociedad, la que incumbe a las personas y la que hace al vínculo del Estado con ellas, será determinante. La solidaridad intergeneracional habla de uno de los valores humanos por excelencia. Solidaridad significa colaboración. En este caso la colaboración entre las distintas generaciones se torna imperiosa de cara al futuro. Que el grupo de personas retiradas del mercado productivo o laboral formal sea mayoría, encierra una serie de tensiones y desafíos para el sistema social. Estas tensiones sólo podrán ser resueltas con el compromiso de toda la sociedad, de allí que sin un sentido solidario los esfuerzos puedan volverse vanos. El envejecimiento involucrará cambios en la política pública con transformaciones culturales y sociales sobre cómo viviremos en relación con este significativo cambio de las relaciones humanas. Se verán afectadas cada una de las estructuras que conforman la sociedad. Desde la dinámica y constitución familiar hasta el orden geopolítico. Muy posiblemente tendrá un impacto inmediato en la sustentabilidad fiscal así como en la estabilidad política de un país, sólo hay que recordar que las sociedades envejecidas son más conservadoras y rígidas a la hora de la decisión política. Quizás y de una manera más operativa, deberíamos responder a la pregunta de si la sociedad tendrá las habilidades necesarias para brindar un estándar de vida aceptable a la gran cantidad de personas mayores que se avecina, sin por ello generar un riesgo en el desarrollo de las generaciones más jóvenes.

Un error habitual que se lee y que hace a la forma de pensar general es que “la sociedad está envejeciendo”. Eso es un error conceptual de magnitud. Las que envejecen son las personas y por lo tanto la población, no la sociedad, ya que ella puede o no adaptarse a ese cambio. El desafío y la oportunidad son: ¿cómo hará esa sociedad para sacar provecho de la transformación demográfica?

Vejez y envejecimiento son fenómenos biopsicosociales, por lo tanto es imposible una comprensión acabada de este fenómeno si se parte de una visión parcial y sesgada que no implique transversalidad, integración y perspectiva amplia. Debemos resolver cómo hacer para que los adultos mayores sean partícipes activos en la sociedad y en su economía. Un mayor activo y “conectado” con la sociedad es una oportunidad y un recurso sumamente valioso. Desde una visión macro, el envejecimiento es un tema que no atañe sólo a los “seniors”, y desde lo individual, así como se aprende a caminar en la infancia o conducir un vehículo en la juventud, debemos considerar la necesidad de “aprender a envejecer”. Por eso cuando nos preguntamos ¿a quién le importa el envejecimiento? deberíamos responder: a todos y cada uno.

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